Psicología Del Umbral

La soledad del migrante

En mi formación como escritor me he dado cuenta de que ninguna palabra es completamente sinónima de otra: una cosa es estar triste y otra es estar lúgubre, del mismo modo que no es lo mismo estar eufórico que estar extasiado. En ese sentido, la soledad también posee múltiples gamas. Existe la soledad social, la soledad emocional, la soledad existencial; la soledad elegida, la del abandono, la del nido vacío, la de la traición… la del migrante.

Esta última se diferencia de las demás porque tiene la particularidad de contenerlas casi todas. Se distingue precisamente por su potencial de adolecer cada una de ellas, lo que puede dificultar saber qué sentimos y cómo expresarlo. La soledad social está implícita desde el momento en que decidimos dejar en nuestro país esa gran red de apoyo que teníamos; con ella viene inevitablemente la soledad emocional. Para el migrante, además, resulta casi imposible no sentir cierta culpa por su propia decisión, y esa culpa evoca, en la mayoría de los casos, pensamientos existencialistas: ¿Hice bien? ¿Qué es hacer el bien? ¿Para qué estamos aquí? ¿Cuál es el sentido de mi vida? ¿Quién soy? ¿Qué vine a hacer? ¿Lo que busco aquí no podría lograrlo allá?

Y aunque es una soledad que elegimos, no posee el carácter satisfactorio de la soledad elegida por los budistas cuando entran en meditación, ni la de quienes practican la oración con Dios, ni la de los artistas que necesitan tiempo a solas para crear, ni la de quienes disfrutan de largas caminatas en las que no se dice nada más que lo necesario. Porque esta es una soledad elegida, sí, pero cargada de culpa, nostalgia e incertidumbre.

En la etimología de la palabra soledad se hace referencia a la cualidad de estar sin nadie más. Pero, si es una cualidad, ¿por qué se siente tan desesperanzadora?, ¿por qué comenzamos a percibirnos como insuficientes?, por qué pensamos en nuestra existencia como si fuera un objeto material destinado a producir dinero y nada más.

La respuesta se encuentra, en gran medida, en el pensamiento que acompaña al acto de emigrar. Si buscamos el significado de emigrante en internet, encontraremos que se define como una persona que abandona su país para establecerse en otro. Incluso para la Real Academia Española, el verbo emigrar conlleva abandonar su país de origen.

En la etimología de la palabra soledad se hace referencia a la cualidad de estar sin nadie más. Pero, si es una cualidad, ¿por qué se siente tan desesperanzadora?, ¿por qué comenzamos a percibirnos como insuficientes?, por qué pensamos en nuestra existencia como si fuera un objeto material destinado a producir dinero y nada más.

La respuesta se encuentra, en gran medida, en el pensamiento que acompaña al acto de emigrar. Si buscamos el significado de emigrante en internet, encontraremos que se define como una persona que abandona su país para establecerse en otro. Incluso para la Real Academia Española, el verbo emigrar conlleva abandonar su país de origen.

En nuestro dialecto cotidiano hemos aprendido a asemejar el país a una madre: una que nos vio crecer y que cultivó en nosotros esa esencia que llevamos a todas partes. Por ello, resulta difícil no experimentar un fenómeno emergente parecido al síndrome del nido vacío. En una traducción quizá precaria, podría decirse que es el sentimiento de abandonar a una madre y, con ello, sentirnos traicioneros.

Tanatologicamente se trata de un simulacro de muerte. Dejamos a quienes amamos, depositamos nuestra esperanza —o nuestra fe— en el lugar al que iremos y recuperamos el ejercicio de ser concientes: ser conscientes de qué queremos en nuestra vida, conscientes de cuestionarnos si todo puede ser distinto o si pudo ser distinto, conscientes de comprender que aquello que más nos duele es, precisamente, lo que más anhelamos.

Quién extraña el saludo particular de su país, la familiaridad de las tiendas, la comida o el humor, no lo hace en vano: eso que duele funciona como una brújula de sus deseos más profundos y, por lo tanto, señala el camino hacia una vida auténtica. Como por ejemplo, si en el país al que migró las relaciones son más formales que aquellas a las que estaba acostumbrada, puede convertirse en una especie de virus benigno que contagie esa cercanía y calidez a los demás.

La persona que extraña su país al escuchar su acento o al probar su comida puede entender esa nostalgia como un gran homenaje. Y es que, como dice Winnie the Pooh, qué bueno es tener algo que duela decir adiós. Porque esa emoción no es de tristeza, sino de agradecimiento a lo amado.

Hay muchos más factores que nombrar en esta soledad, pero nombraré uno que a mi parecer es el más común: tener la sensación de vivir dos vidas. Una en la que todo parece ir mal, marcada por eventos estresantes y silencios prolongados, de la cual la idealización del otro lado siempre será más amable y romantica. La segunda es la vida que mostramos a nuestros allegados o las que mostramos por redes, en la que decimos que todo va bien, porque tememos que algo malo ocurra si decimos la verdad, o porque sabemos que, sin dudarlo, nos dirán que regresemos… o, por el contrario, que debemos quedarnos por las oportunidades que se nos ofrecen. Sea cual sea la respuesta, rara vez nos hará sentir mejor.

Ante esto no hay una solución única, o al menos no existe una respuesta general. Más bien, cada quien debe elaborar su propia receta: crear nuevas rutinas, sembrar nuevas amistades, ampliar su identidad, vislumbrar diversas maneras de reconectar con su antigua red de apoyo, encontrar una moraleja de independencia, de resistencia o de creatividad. Y para algunos, quizá, la respuesta más honesta será volver, claro que deben hacerlo eliminando el reloj social y la idea de que eso sería fracasar.

Lo mejor que puedo sugerir para encontrar esta respuesta es una conversación sincera contigo: poner a la soledad frente a ti y preguntarle, sin evasiones, qué es aquello que más le duele. Solo así es posible entablar con ella un diálogo que derive en la solución que estés dispuesto a construir.

Para ello puede ser útil escribir un diario, practicar un lenguaje más amoroso contigo, conservar objetos ancla que te conecten con tu historia, entre otras técnicas que puedes ampliar con tu psicólogo de confianza o que podríamos ampliar en un kit si me lo haces saber.

Por ahora sólo queda resaltar que todos los ejercicios que te dije empiezan en su gran mayoría con esa misma soledad que te abunda, por lo tanto tal vez no sea un enemigo que deba vencerse, sino un umbral que deba cruzarse. Esa soledad no llega para vaciarnos, sino para mostrarnos qué permanece cuando todo lo demás se ha ido. En ese diálogo silencioso descubrimos que no somos únicamente de un lugar, sino de aquello que elegimos cuidar, repetir y amar, incluso en tierras ajenas. Migrar, entonces, no es solo desplazarse en el espacio, sino ensanchar el sentido de pertenencia hasta que la vida, finalmente, encuentre dónde debe quedarse, si es que debe hacerlo