Estoy seguro que mi perro (se llama Mango), es un mejor tanatólogo que yo, pero para explicarlo deben saber primero que es casi inevitable no ver, aunque sea de soslayo, a la muerte y que cuando lo hacemos podemos tener una gran dimensión de acciones. Para muchos nos conduce a pensamientos trágicos e incómodos; para otros, en cambio, nos hace pensar que es algo necesario e incluso una finalidad o un medio casi espiritual. Esta segunda es la que nos hace buenos tanatólogos.
El primero que se me cruza por la mente es Kierkegaard, quien decía que la angustia surge de la posibilidad misma de nuestra libertad frente a las oportunidades. Su ejemplo es muy práctico y también lo ejemplifico Milan Kundera : <> Es decir, si confiaramos en la seguridad de las herramientas que no nos dejarían caer o confiaramos en que no tendremos el deseo de quitarnos dichas protecciones no existiría aquella emoción. Supongo que los pensamientos sobre la muerte se asemejan a las implicaciones que despierta en nosotros nuestra visión frente al abismo.
Costica Bradatan afirmaba que el fracaso, la tristeza y la muerte nos impactan porque nos recuerdan que hemos estado volando en una inercia impredecible. Es como si camináramos por una cuerda floja con los ojos vendados y, de pronto, estas emociones intensas nos arrancaran la venda sin previo aviso. Nos conmueve no saber qué sucede con quienes se van de la existencia que conocemos, y nos conmueve, también, intuir que hay un “después” que nos resulta inaccesible en cuanto a conocimiento se refiere.
Yo lo comparo con una persiana cuya existencia sólo se me concede allí donde mis ojos han logrado ver el mundo. Antes de mis ojos existenciales no había nada: sólo un pasado que no me pertenecía; y después habrá un futuro en el que volveré a no tener nada. Es como un gran estallido de significados que se apagará con el mismo silencio que me antecede. Es un pensamiento pesimista, quizás inspirado en Philipp Mainländer, Cioran o Camus, pero es una de las formas de comprender el sentido de la vida: un sentido que, curiosamente, sólo mi perro ha logrado encarnar y llevar a una extraña forma de iluminación.
El año pasado me di cuenta de que Mango siempre me acompaña hasta la puerta para despedirse. Incluso cuando ya he salido, me sigue por las distintas ventanas de la casa para verme hasta el último momento en que desaparezco de su vista. En principio podría pensar que se trata de un apego excesivo, pero, a diferencia de cuando quiere que lo acompañe, se queda en total silencio. Más que un “no te vayas”, su silencio parece un acto de contemplación: una tristeza contenida que da prioridad al gesto de despedirse, como si ese fuera el verdadero sentido del momento: como si supiera que ver el abismo es maravilloso por el hecho de poder verlo.
Para mí, es como si él supiera que lo importante de la angustia existencial o de los que se van o de los que no están no es haber venido de la nada para terminar en la nada, sino poder gozar la oportunidad: no sólo la de morir, sino también la de haber podido vivir y haber podido sentir el gran amor con que nos despedimos. Por eso no llora; por eso, en contraste con su carácter habitual, permanece en silencio, contemplando. Como si su tristeza fuera un homenaje pleno a lo que compartimos, y como si diera prioridad no al miedo de la pérdida, sino a la dignidad de la despedida.